Y seguirá temblando en San José del Cabo


San José del Cabo (California) — Los movimientos sísmicos registrados recientemente en la región han llamado la atención no solamente por las vibraciones que producen, sino también por un fenómeno que numerosos habitantes describen de la misma manera: un fuerte estruendo que parece surgir del subsuelo segundos antes o al momento de la sacudida.

Para algunas personas el sonido recuerda una explosión, un golpe seco o incluso el paso de maquinaria pesada bajo tierra. Aunque la experiencia puede resultar inquietante, existe una explicación geológica para este tipo de percepción y está relacionada con tres elementos fundamentales: la poca profundidad de algunos sismos, la composición de las rocas y sedimentos de la región y la presencia de sistemas de fallas geológicas.

Comprender estos procesos resulta especialmente importante en Los Cabos, una región donde el crecimiento urbano avanza sobre un territorio que, geológicamente, continúa siendo dinámico.

Una región que todavía está en movimiento

Baja California Sur forma parte de un entorno tectónico influido por la evolución del Golfo de California, una zona donde durante millones de años la corteza terrestre ha experimentado procesos de extensión, fracturamiento y desplazamiento.

En el extremo sur de la península destaca el sistema conocido como Falla San José del Cabo, una estructura geológica relacionada con el límite oriental del llamado Bloque Los Cabos.

De manera general, esta estructura se prolonga desde las inmediaciones del Arroyo Buenos Aires, en la región próxima a Los Barriles, hacia el área de Palmilla, formando una importante frontera entre dos ambientes geológicos muy diferentes.

Al oeste se encuentra el macizo montañoso asociado con la Sierra La Laguna y El Novillo, compuesto principalmente por antiguas rocas ígneas y metamórficas del denominado Complejo Plutónico de La Paz.

Hacia el este se desarrolla la Cuenca San José del Cabo, una depresión que a lo largo del tiempo fue rellenándose con sedimentos.

Esa diferencia entre un bloque rocoso rígido y una cuenca sedimentaria es especialmente relevante para entender cómo puede propagarse y sentirse un movimiento sísmico.

¿De dónde viene el estruendo?

Uno de los aspectos que más alarma provoca entre los habitantes es precisamente el sonido.

Sin embargo, escuchar un sismo no necesariamente significa que sea de gran magnitud.

Cuando ocurre una ruptura relativamente cerca de la superficie, la energía sísmica debe recorrer una distancia mucho menor antes de llegar al terreno donde se encuentran viviendas, edificios y personas.

Las primeras ondas generadas durante un sismo son conocidas como ondas P o primarias. Se desplazan mediante un mecanismo de compresión y expansión de los materiales, de manera semejante a cómo se transmite el sonido.

Si el evento ocurre a poca profundidad, parte de esa energía puede llegar rápidamente a la superficie y producir vibraciones capaces de generar ruidos, golpes, retumbos o estruendos audibles.

Por eso existen terremotos pequeños que pueden escucharse claramente cuando ocurren muy cerca de una comunidad.

No es una contradicción: magnitud y percepción no son exactamente lo mismo.

Un sismo pequeño y superficial localizado debajo o muy cerca de una zona urbana puede resultar más notorio para algunas personas que otro de mayor magnitud ocurrido mucho más lejos o a mayor profundidad.

Las rocas también influyen

La geología de San José del Cabo agrega otro componente.

En la región existen materiales muy distintos entre sí: desde rocas cristalinas antiguas y relativamente rígidas hasta sedimentos mucho más recientes depositados en la cuenca.

Cuando las ondas sísmicas pasan de un material a otro, su velocidad y comportamiento pueden cambiar.

Los depósitos sedimentarios, dependiendo de su espesor, compactación y composición, pueden modificar la respuesta del terreno e incluso incrementar determinadas vibraciones.

Este fenómeno explica por qué un mismo sismo puede sentirse de manera diferente entre colonias relativamente cercanas.

Una persona ubicada sobre roca firme puede experimentar el evento de una forma distinta a alguien situado sobre depósitos sedimentarios.

Por eso, cuando se estudia el riesgo sísmico de una ciudad, conocer simplemente dónde se encuentra una falla no es suficiente: también se necesita estudiar cómo responde el suelo de cada sector.

¿Significa que existe peligro de un gran terremoto?

Esta es probablemente la pregunta más importante y también una de las que requiere mayor prudencia.

La existencia de una falla geológica y la presencia de pequeños sismos no permiten afirmar que esté próximo a ocurrir un terremoto de gran magnitud.

Actualmente no existe un método científico capaz de predecir con precisión el día, la hora y la magnitud de un futuro terremoto.

Lo que sí puede hacer la geología es estudiar las estructuras, reconstruir su historia, analizar desplazamientos antiguos y determinar escenarios posibles de amenaza.

El sistema tectónico del sur de Baja California Sur demuestra que esta zona no es sísmicamente inactiva.

La historia regional también registra terremotos importantes. El sur de la península forma parte de una provincia tectónica cuya evolución continúa y donde la acumulación y liberación de esfuerzos constituye un proceso natural.

Por ello, la discusión más útil no debería centrarse en intentar adivinar cuándo ocurrirá “el gran sismo”, sino en determinar qué tan preparada está la ciudad para enfrentar distintos escenarios.

Los enjambres sísmicos tampoco significan automáticamente una catástrofe

Otro fenómeno que genera inquietud son los llamados enjambres sísmicos, es decir, periodos durante los cuales se registran numerosos movimientos relativamente pequeños en una misma región.

Un enjambre puede responder a diferentes procesos dentro de la corteza y no necesariamente culmina en un terremoto mayor.

Para conocer qué está sucediendo realmente se necesita determinar con la mayor precisión posible la ubicación y profundidad de cada evento.

Ahí es donde adquiere especial importancia contar con estaciones sísmicas cercanas.

Una red suficientemente densa permite identificar si los movimientos están ocurriendo sobre una misma estructura, sobre ramificaciones diferentes o incluso sobre pequeñas fracturas que forman parte de un sistema mucho más complejo.

El crecimiento urbano cambia la ecuación

La amenaza geológica por sí misma no constituye necesariamente un desastre.

El problema aparece cuando esa amenaza coincide con población, infraestructura vulnerable y ausencia de medidas preventivas.

San José del Cabo ha experimentado durante las últimas décadas un acelerado crecimiento urbano y turístico. Muchas áreas habitacionales se han extendido sobre terrenos sedimentarios, cauces, mesas y otras unidades geomorfológicas con comportamientos diferentes ante un movimiento sísmico.

Sectores como Puerto Nuevo, La Ballena, Cañada Los Perros y otras zonas de expansión urbana forman parte de una ciudad cuya planificación necesita considerar cada vez más la geología.

Además, en las cercanías del sistema tectónico existen vialidades, desarrollos residenciales, instalaciones turísticas y otra infraestructura estratégica.

Por ello, conocer las características del subsuelo debería formar parte de la planeación urbana y no ser únicamente una preocupación después de que ocurre un sismo.

¿Qué necesita San José del Cabo?

Uno de los principales retos es aumentar el conocimiento científico de la sismicidad local.

Una red sísmica regional con mayor número de estaciones permitiría registrar movimientos pequeños que eventualmente pueden pasar desapercibidos para redes ubicadas a mayor distancia.

Con esos datos sería posible elaborar mapas cada vez más detallados de la actividad sísmica y estudiar cuáles segmentos o estructuras están generando los eventos.

También resulta fundamental contar con estudios de microzonificación sísmica. Estos trabajos analizan cómo responderían distintos sectores de la ciudad ante determinadas ondas sísmicas de acuerdo con las características locales del suelo.

La información puede convertirse posteriormente en una herramienta para mejorar reglamentos y criterios de construcción.

Otro elemento indispensable es mantener actualizadas las normas estructurales, especialmente para instalaciones esenciales como hospitales, escuelas, centros de emergencia, puentes y edificios públicos.

Antes de nuevos desarrollos de gran escala también resulta conveniente realizar estudios geológicos y geotécnicos que permitan identificar fallas, fracturas, tipo de suelo y otras condiciones relevantes.

Ciencia contra rumores

Los sonidos asociados con los recientes movimientos sísmicos pueden ser impresionantes, pero atribuirlos automáticamente a explosiones subterráneas, obras clandestinas o fenómenos desconocidos puede alimentar desinformación.

La explicación más razonable debe partir de los registros instrumentales y de la geología.

En eventos superficiales, el sonido y la vibración pueden ser dos manifestaciones de la misma liberación de energía.

Por eso es fundamental que instituciones científicas y autoridades comuniquen rápidamente lo que conocen, lo que todavía se está investigando y cuáles datos son preliminares.

Cuando falta información, el espacio suele ser ocupado por rumores.

Vivir sobre un territorio dinámico

San José del Cabo se encuentra en una región cuya geología fue construida precisamente mediante procesos tectónicos.

Las montañas, cuencas y fallas que forman el paisaje son evidencia de una historia que comenzó millones de años antes de que existiera la ciudad.

Los pequeños sismos actuales son un recordatorio de que esa historia geológica no está completamente terminada.

Esto no significa vivir permanentemente bajo alarma.

Significa asumir que la prevención sísmica debe convertirse en una parte normal de la planeación de Los Cabos, igual que ocurre con los huracanes, las inundaciones y otros fenómenos naturales propios de Baja California Sur.

El verdadero desafío no consiste en conseguir que el subsuelo deje de moverse. Eso está fuera de nuestro alcance.

El objetivo es conseguir que, cuando vuelva a hacerlo, la ciudad tenga mejores construcciones, más información, monitoreo científico y una población que sepa cómo actuar.

Porque quizá no podamos evitar que la tierra vuelva a rugir, pero sí podemos impedir que ese rugido nos encuentre desprevenidos.


Descubre más desde Colectivo Pericú

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario